La fiscal Cristina Caamaño pidió la declaración indagatoria de Pedraza como sospechoso por el asesinato del militante del Partido Obrero (PO) Mariano Ferreyra.
Durante la mañana del 2 de diciembre de 2009, sin apartar los ojos del diario Clarín, las palabras de José Pedraza fueron: “Este boludo dejó sus huellas en todos lados.” Se refería al titular del gremio bancario, Juan José Zanola. Apenas 24 horas antes, al salir con su esposa del hogar que compartían en un elegante edificio de la calle Quintana, un comisario de la Policía Federal los abordó con una orden de arresto en la mano. Junto a él había una docena de uniformados a los que el sindicalista únicamente relojeó de soslayo.
A Zanola se le imputaba el armado de historias clínicas falsas para cobrar subsidios de la Administración de Programas Especiales por tratamientos complejísimos que nunca se hicieron. En el Policlínico Bancario se habían secuestrado cientos de carpetas que incluían recetas apócrifas y troqueles falsos, con los que se simulaba el suministro de medicamentos costosos; los supuestos destinatarios habían fallecido o nunca estuvieron enfermos. Las droguerías facturaban esa medicación pero lo que en realidad entregaban a la obra social bancaria eran troqueles apócrifos.
“¡Que pobre boludo!”, insistió el secretario general de la Unión Ferroviaria (UF), siempre con las pupilas clavadas en el diario. A su lado, su segundo, Juan Carlos Fernández –también conocido como “El Gallego”– asintió con un leve cabeceo.
Ahora, casi al año de ello, la fiscal Cristina Caamaño pidió la declaración indagatoria de Pedraza como sospechoso por el asesinato del militante del Partido Obrero (PO) Mariano Ferreyra.
La funcionaria le solicitó a la jueza Wilma López la citación del líder sindical con la convicción de que la patota que atacó a los trabajadores tercerizados de la ex línea Roca estuvo convocada y organizada desde la cúpula del gremio; pero, además, Caamaño se basó en comunicaciones que Pedraza mantuvo ese día, incluso durante la emboscada, y en especial con El Gallego Fernández, quien monitoreaba todo a la distancia. La fiscal también solicitó que este sea indagado, ya que al parecer estaba en contacto permanente con el delegado Pablo Díaz –su mano derecha, detenido por el crimen–, que se encontraba en Barracas dando directivas a los matones.
Pedraza recibió la mala nueva durante la tarde del viernes por boca de su abogado. Tal vez en ese instante haya evocado el juicio de valor que hacía 12 meses le dispensara a su colega bancario. Y también es posible que en tales circunstancias cavilara acerca del desafortunado paralelismo que el destino había tejido para ambos.
La historia de Zanola arranca en la ya remota época del primer peronismo, cuando ingresó como empleado raso al Banco de Italia y del Río de la Plata. Por esos días vivía en una pensión de La Boca. Y no tardó en ser elegido delegado para, años después, llegar a la cima de La Bancaria. Su trayectoria lo convertiría en un paradigma de la persistencia: se acomodó con la dictadura, negoció con quienes impulsaron la transición a la democracia y, desde 1983, retuvo la conducción del gremio. Ya en los ’90 conoció a la ex enfermera Paula Aballay. El flechazo fue inmediato. Desde entonces, ella controlaría con mano de hierro la obra social del gremio. Y juntos amasaron un envidiable patrimonio. Sin embargo, a los 70 años, el viejo caudillo bancario pasó sin escalas del poder y la gloria a una fría celda de la cárcel de Marcos Paz. Su estrepitoso descenso a los infiernos del Código Penal es a la vez una metáfora sobre el lado oscuro de los gremios en la historia del país.
La biografía de Pedraza no es muy diferente. Nacido a finales de 1944 en la ciudad de Deán Funes e hijo de un ferroviario, ese hombre de mirada fría y modales parcos ingresó a los 16 años como obrero en el Ferrocarril Belgrano. Al poco tiempo se vincularía con grupos sindicales de izquierda para después integrarse al peronismo. En ese contexto fue elegido delegado, y se sumaría a la resistencia contra el régimen de Onganía desde la CGT de los Argentinos (CGTA); es decir, la central obrera combativa que había roto con la CGT liderada por Augusto Timoteo Vandor.
Por aquella época conoció a Rodolfo Walsh, quien desde el Semanario de la CGTA trazó una elocuente radiografía sobre la conversión de los gremios en aparatos volcados de lleno contra los intereses de los trabajadores. Por entonces era imposible imaginar que Pedraza se convertiría en un arquetipo del sindicalista proempresarial.
Sin embargo, al promediar los ’80, ya entronizado en la cúpula de la UF, no dudó en respaldar al presidente Carlos Menem, gesto que el riojano retribuyó con la designación de hombres afines a Pedraza en cargos estratégicos de las empresas ferroviarias que fueron privatizadas.
De relación fluida con Roberto Dromi, arquitecto del saqueo, Pedraza creó una mutual fantasma de viviendas que le sirvió para lucrar con espacios y locales en decenas de estaciones. En esos días, el próspero sindicalista se mudó a una casa de un millón y medio de dólares en Villa Devoto. “Sin su colaboración no hubiéramos logrado muchas de las cosas que logramos”, fue el elogio que por entonces le dedicó Domingo Cavallo. Años después, durante el interinato del senador Eduardo Duhalde, el mandamás de la UF negoció un convenio que redujo aun más los derechos de los trabajadores. Y aún estaba en carrera.
En medio de semejante trayectoria, Pedraza tendría la fortuna de no tropezar con mayores contratiempos; sólo sufriría en 2006 un embargo de 50 millones de pesos por una estafa cometida contra sus afiliados. Ya se sabe que de aquel asunto saldría bien librado. Pero durante el mediodía del miércoles 20 de octubre, cuando un proyectil calibre 38 atravesaba el tórax de Mariano Ferreyra, comenzaría para Pedraza su inexorable camino hacia el final.
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