Tras la demostración popular de apoyo al gobierno y confianza en la progresividad de sus políticas, y siendo que el oficialismo considera prioritaria su política de empleo, ¿insistirá esa centroizquierda en su prédica antiCGT?
Sin dudas, la muerte de Néstor Kirch-ner demanda nuevos esfuerzos populares. El más urgente, sostener a la presidenta Cristina Fernández, alentar con aun más empeño sus políticas inclusivas, para que sean profundizadas, y ahuyentar al enemigo agazapado, que acecha.
Ya sin entrarles a los vergonzantes editoriales de los diarios que ya sabemos, ¿qué, si no un velado pedido de rendición, fue lo que expresó Bergoglio en su homilía del mismo día de la muerte? Lo que el cardenal dejó suspendido en el aire, a medio decir, lo expresaron con todas las palabras conspicuos dirigentes opositores: “retomar el diálogo” y “gobierno de concertación”.
Por el contrario, la masividad de la respuesta popular ante el duro golpe del fallecimiento puso las cosas en un sitio opuesto por el vértice. Desde su sabiduría de madres y viejas conocidas del dolor, las Madres de Plaza de Mayo fueron las primeras en iniciar una campaña por la reelección de la actual mandataria, al tiempo que emitieron al día siguiente del velorio un seco comunicado, aunque amistoso, referido a la conducción de la CGT. “Precisamos de todos los donantes (de sangre) para seguir avanzando en este proyecto de cambios profundos que encarna el gobierno nacional y popular”, firmó Hebe de Bonafini. También la de Hugo Moyano.
Ya antes del deceso de Kirchner, los representantes de las cámaras empresariales se habían juntado tras el crimen de Mariano Ferreyra, para sobreactuar algo así como la congoja, y condenar el asesinato del joven militante, no sin antes echarles la culpan por tal situación a “los excesos verbales como los difundidos días pasados en boca de importantes dirigentes sindicales”. Sugestivo.
Se referían, claro, al acto cegetista en River y al proyecto de ley de reparto de un porcentaje de las ganancias patronales entre los trabajadores que la generan. A minar la juntura CGT-CFK ya apuntaban las lanzas enemigas; desde el miércoles 27 lo harán de modo aun más enfático.
La lucha de clases no se detiene nunca.
La prudencia impuesta por el funeral no diluirá la guerra de baja intensidad contra el gobierno que surge desde las entrañas mismas de ciertos resortes estatales. Y ese, por caso, no es un escollo menor. Por esas grietas de la letra chica de las instituciones republicanas se filtran los golpistas de toda laya que abundan en América Latina. A propósito, el caso argentino está en desventaja en ese punto: los gobiernos progresistas de Venezuela, Bolivia y Ecuador emprendieron a poco de andar una profunda reforma constitucional, para viabilizar los cambios sociales y políticos a los que apuntaban. En Honduras, fue abortada violentamente.
En la Argentina, las transformaciones de los últimos años tuvieron el soporte de las propias estructuras estatales, legales y políticas preexistentes, que si bien los permitieron, también incuban su finitud. En el caso del Poder Judicial este síndrome se vuelve dramáticamente evidente.
Tras el crimen de Ferreyra, y antes de la muerte del santacruceño, abundaron lecturas según las cuales al ponderar la alianza con la CGT el kirchnerismo pierde la posibilidad de sumar para sí al electorado de centroizquierda, que será crucial para ganar las elecciones en 2011.
Tras la demostración popular de apoyo al gobierno y confianza en la progresividad de sus políticas, y siendo que el oficialismo considera prioritaria su política de empleo, ¿insistirá esa centroizquierda en su prédica antiCGT? ¿Rumiarán a todo o nada contra los intendentes conurbanos? ¿O advertirán las rugosidades propias del peronismo?
Desde ese impreciso espectro político le sugieren al gobierno conformar urgentemente un nuevo eje de aliados sindicales: con las comisiones internas de base, las nuevas experiencias antiburocráticas, y la CTA (en este caso obviando deliberadamente el dato de su virtual fraccionamiento), en desmedro de los sindicatos de mayor convocatoria y nivel de afiliación, enrolados en la CGT. Sin embargo, ¿qué garantía de poder real, concreto, efectivo, ofrece ese conglomerado informe de experiencias sindicales heterodoxas?
En 2009, un mes antes de las elecciones del 28 de junio, la CTA (todavía unida) realizó un paro general de sus gremios adheridos contra el gobierno. Centralmente, no pedía aumento de salarios, ni el fin de los tercerizados, sino que se le concediera la personería gremial. Hasta Mariano Grondona y Hugo Biolcati reclamaron la habilitación formal para la CTA y el derecho a la libre agremiación sindical para los trabajadores, presupuesto liberal si los hay. Aquella fue la única huelga general política que sufrió el mejor gobierno de los últimos 60 años argentinos.
Hay más: el día de la media sanción en Diputados a la Ley de Medios, los metrodelegados hicieron una huelga de notable impacto en las clases medias de la gran ciudad capital. Igualmente desacertada, estuvo la comisión interna de ATE-Indec en su proceder durante el conflicto con el gobierno. No debe olvidarse que, a poco de iniciarse aquella disputa, se le ofreció a ATE la dirección del Instituto de Estadísticas, algo absolutamente desmedido si se tiene en cuenta la real fuerza organizativa de ese gremio, no sólo dentro del Indec, sino en todas las reparticiones del Estado: su padrón de afiliados es sensiblemente menor que el de UPCN. Sin embargo, la comisión interna de ATE, hegemonizada por militantes de la UCR, declinó el ofrecimiento, que supondría mejoras inmediatas para sus representados (por ejemplo, el pase a planta de decenas de contratados), cegó su estrategia, y optó por politizar por demás el conflicto, que llamó “intervención”, llevando a un punto sin retorno el enfrentamiento con el gobierno.
Por el contrario, fue la conducción de la CGT (que no integran Pedraza, Cavalieri, Daer, ni Lescano, porque una cosa es pertenecer a la CGT, y otra muy distinta es no sacar los pies del plato) quien dio la nota con su decisivo apoyo a las políticas más progresivas del kirchnerismo.
¿Cómo se explica el pico de rating y popularidad que han ganado repentinamente el PO y demás expresiones de la izquierda? Se entiende: el PO marchó junto a Juan Carlos Blumberg y el MIJD de Raúl Castells para pedir seguridad y leyes más duras en 2004, meses después de la expropiación de la ESMA por parte del gobierno de Néstor Kirchner, hecho a partir del que estructuró toda su política en materia de Derechos Humanos. Desde ahí, esa multitud de siglas presumidamente clasistas no menguó su férrea oposición al gobierno y, al tiempo que ninguneó lo más progresivo del kirchnerismo, festejó sin sonrojarse el voto “no positivo” de Julio Cobos. Ni el dolor popular expresado por millones en las calles los mueve a una mueca de humildad.
¿Es ese el nuevo exponente del espectro gremial que superará a la CGT y a las formaciones sindicales del peronismo, incluido el PJ? Si así fuera, ¿a quiénes les sirve un sindicalismo así, sin vocación de poder, sin estrategia de acumular para incidir severamente en las contradicciones mayores (y no las secundarias) que distinguen a la sociedad capitalista?
¿Cómo se entiende que en los días siguientes a la muerte de Mariano Ferreyra la izquierda partidaria haya aprovechado miserablemente su ímpetu en las calles para emprender una campaña de afiches contra la ley de reforma política, que según ellos los proscribiría? ¿No sintió el argentino medio vergüenza ajena luego de leer el comunicado ante la muerte de Néstor Kirchner, en que el PO atribuye el infarto fatal a las “contradicciones insuperables de una política y de un régimen político” que se expresarían en el crimen de Ferreyra?
Está visto: en hondos procesos de transformación, la política se complejiza por demás. Los intereses se cruzan, lo sutil se vuelve evidente, y al revés. ¿Seguirá esa obtusa izquierda sirviéndoles en bandeja argumentos a la diestra más atroz? ¿Cambiarán de una vez, o querrán convertirse –cometiendo un error imposible de remendar– en la “columna vertebral” del horrendo cuerpo de la derecha?
Por
Director de Sueños Compartidos.

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