Que hubo una enorme centralidad de Kirchner a la hora de contener la diversidad del peronismo, es cierto. Y que habrá que hamacarse para seguir encausando ese espacio hacia el 2011, también lo es. Pero éste no es el peronismo que implotó en el ’74. Inevitablemente, en un mapa político fragmentado, es menos dominante que el de los ’70. Es también un peronismo con algo de anómalo, al que aporta y mucho una transversalidad –eterna construcción inacabada– nutriente, enriquecida por nuevos lazos sociales y representaciones.
Si el del ’74 era un peronismo con rasgos abyectos, algunas de sus antiguas partes hoy están afuera y no parecen representar una amenaza. No hay en el kirchnerismo ni Triple A ni fascistas, aunque sí algunos pliegues oscuros en sus periferias. Y si más de uno participó de la experiencia menemista, los que conducen y marcan proyecto son otros.
También desde la mala leche, en estos días se publicaron columnas que hablaban de la contradicción entre la componente setentista de Kirchner y su apoyatura en la CGT. Olvidan a posta o por ceguera la complejidad de la CGT y el lugar que el MTA ocupó durante el menemismo. Pero además se podrían invertir los términos: ¿no podría leerse como un avance en términos de “convivencia democrática” que esos sectores confluyan, aún cuando tengamos recelos con los modos de hacer política de algunos sindicalistas? Pide diálogo la derecha. Ahora, con la CGT no, con los movimientos sociales no, con las Madres no, con Correa y Chávez tampoco y cuando se acuerda con el centroizquierda, el centroizquierda traiciona o se vende.
Hay una izquierda o una progresía kirchnerista que desde siempre pidió, con la prudencia necesaria, mejores modos de construcción política. Quien escribe lo deslizó desde este mismo espacio y quien escribe debe admitir que es fácil hacer esos reclamos desde la pura escritura, como si la política, –lo decía muy bien Alfonsín– se hiciera “en condiciones puras de laboratorio”, o como si fuéramos una sociedad angelical. Iniciar una nueva etapa de mayor apertura interna o de mejor diálogo con la oposición. Sí, suena deseable. ¿Pero acaso se puede confiar en la voluntad de diálogo del grueso de la oposición? Néstor no fue del todo diestro o abierto cuando se trató de delegar, dijimos y decimos los que pedimos más articulación. Lo pudimos decir desde los espacios mismos del kirchnerismo (Carta Abierta es un ejemplo), lo que cuestiona la sospecha de que hayamos sido víctimas de un Ceaucescu, aquejados por el síndrome de Estocolmo. Ahora bien, hacia nosotros mismos y hacia la oposición mediática y política: ¿hasta dónde Kirchner no armó, no construyó? ¿Cómo demonios hizo para pasar de los 22 puntos maltrechos que lo llevaron a la presidencia para salir de ella con el 70 por ciento de imagen positiva? ¿Qué otro político argentino, hoy, congregaría la cantidad de gente que congregó Kirchner en su velatorio, desde los miles de sueltos a los miles de organizados, paridos a partir del ciclo de Cristina?
A esa acumulación política que le dio potencia, prestigio y gobernabilidad al kirchnerismo los santos de la institucionalidad no le llaman ni diálogo ni consenso: le llaman “poder”, le llaman “billetera”, le llaman “caja”. La “caja” de más de 50 mil millones que heredará quien sea que suceda a Cristina, ojalá que ella misma.
La distancia histórica acerca de los logros y debilidades del ciclo kirchnerista la tendremos dentro de muchos años. Pero la muerte de Néstor Kirchner, de dolorosa manera, permite acelerar ese proceso de análisis. Y es verdaderamente muy fuerte. Minga que estábamos condenados al éxito, como solía decir Duhalde. Veníamos de tierra arrasada, del Que se Vayan Todos, del Estado destruido, de un país con un cartel de alquiler puesto y el último que apague la luz. Pasamos en tiempo récord de las colas en las embajadas al país del Bicentenario, un producto del acumulado kirchnerista más una fortísima impronta de Cristina, que participó desde la concepción al bordado fino de esa fiesta. Fue ella también la que pudo salir con fuerza de los tormentosos primeros meses de Gobierno, del lock-out agrario y de la derrota electoral, con niveles de imagen y de intención de votos en constante avance, esos que tanto enfurecen a la derecha mediática y corporativa.
¿Leyeron bien la bajada de tapa de Clarín al día siguiente del fallecimiento? “Condujo al país en la salida de la gran crisis. Renovó la Corte, negoció con éxito la deuda e impulsó los derechos humanos. Su estilo confrontativo lo llevó a perder la pelea con el campo. También avaló la manipulación del Indec y embistió contra los medios independientes”. Siendo que no compartimos la valoración de la pelea “con el campo y los medios”, el resultado es un gobierno de nueve puntos. Lo anotó Julio Blanck, en un largo texto de 15 párrafos. En el párrafo número 14, escondido en medio de la mala onda, Blanck asentó esto, resaltado en negrita: “Néstor Kirchner fue un muy buen presidente que debió atravesar un tiempo saturado de peligros”.
Son vuelteros, son mañosos, son como chicos con berrinches. Manejan a sus candidatos como a juguetes. Se la agarran uno a uno con sus muñecos: primero los levantan, los agitan en el aire, después los golpean contra el piso, acusándolos de inútiles. A cambio, hay una fuerza polentosa y una Presidenta de lujo. Habrá que hamacarse en los meses que vienen. Hay con qué pelearla.
Eduardo Blaustein-Miradas al sur

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.