17 de Octubre

17 de Octubre

jueves, 9 de diciembre de 2010

Los justicieros




Un grupo de cartoneros y costureros funciona como una fiscalía pública. Denuncian desde la explotación infantil hasta el trabajo esclavo. De Parque Avellaneda a Turquía.



En el subsuelo de lo que alguna vez fue una pizzería tradicional, abandonada por sus dueños, se junta un grupo de vecinos. Son costureros, cartoneros, maestros, abogados. Ninguno cobra un peso por estar allí, pero con sus denuncias se fueron convirtiendo en una verdadera fiscalía popular. Lo que empezó como una asamblea barrial, de las que florecían en 2002, evolucionó en la pesadilla de los esclavistas. Tratantes de personas, explotadores de mano obra esclavizada, reducidores a la servidumbre, empresarios que se enriquecen con el trabajo de los niños: todos aquellos inescrupulosos que se aprovechan de la vulnerabilidad ajena para extraer ganancias extraordinarias ahora tienen un enemigo. Son los costureros de La Alameda y los cartoneros del Movimiento de Trabajadores Excluidos, que tienen una meta: “Una sociedad sin esclavos ni excluidos”.

Fueron ellos quienes pusieron sobre la luz cómo las principales marcas de ropa usufructúan con sus talleres clandestinos. De ahí, pasaron a puntualizar cuál es el rol de los traficantes de personas, por lo que llegaron a patear el tablero en un tema invisibilizado: la trata de mujeres y niñas para la explotación sexual en manos de proxenetas, como en el caso de La Casita, en Río Gallegos, Santa Cruz. Y en medio del conflicto entre el Gobierno y las patronales agrarias, pusieron el dedo en la llaga en una herida abierta: el trabajo infantil en el campo. La reciente muerte de cáncer del pequeño Ezequiel Ferreyra, un niño de seis años (ver recuadro) que trabajaba con su familia en una granja de la empresa Nuestra Huella, manipulando agrotóxicos mortales todos los días, vino a confirmar la peor de las sospechas: aún, en la Argentina, la esclavitud es una realidad que persiste. Pero los esclavistas no duermen tranquilos: La Alameda y el MTE están expandiendo su trabajo por todo el país y sus contactos internacionales se propagan hasta Asia.

El jueves 25 de noviembre pasado, Veintitrés estuvo presente en la esquina de Lacarra y Directorio, en la sede de La Alameda, en Parque Avellaneda, en una asamblea donde se discutieron los pasos a seguir en la lucha para acabar con la explotación infantil en las granjas de Nuestra Huella. “Cuando denunciamos en 2008 que había pibes trabajando en las granjas, los medios lo cubrieron pero los jueces no hicieron nada. Hay que poner un límite a la red de complicidad y luchar hasta las últimas consecuencias”, arenga Juan Garbois, un joven abogado que desde su militancia territorial en la zona sur del conurbano organizó a 2.500 cartoneros que consiguieron ser registrados por el gobierno porteño. “Tenemos dos tareas: presionar para acabar con el trabajo infantil en las granjas de Nuestra Huella, donde hay 200 pibes trabajando, y solidarizarnos con los trabajadores que hicieron la denuncia y que gracias a un amparo están viviendo en las granjas, pero sin cobrar un peso”, alerta. El centenar de asistentes a la asamblea escucha atentamente. En un papelógrafo están anotadas las necesidades de los trabajadores avícolas y sus familias: medicamentos, alimentos no perecederos y ropa.

En conversación con esta revista, Garbois explica que construyeron un “movimiento que va más allá de las reivindicaciones de cartoneros y costureros” y cuenta su indignación con la muerte del niño Ferreyra. “En 2008, en la filmación que se hizo de horas y horas, el protagonista de las filmaciones era Ezequiel. Se lo dijimos a la Justicia, con nombre y apellido: este niño esta manipulando agrotóxicos. Tuvieron una reacción espasmódica, clausuraron esa granja y a Ezequiel lo trasladaron a otra granja, al lado. Siguió haciendo las mismas actividades hasta que desarrolló un cáncer terminal en la base del cerebro. La mafia tiene tal nivel de impunidad que persiste en sus actividades, como si nada pasara.”

Olga Cruz, una costurera boliviana integrante de Mundo Alameda, la marca de ropa cooperativa que forma para de la red global No Chains (“Sin cadenas”), y que fue publicitada por actores como Esteban Prol, Juan Palomino y Julieta Díaz, comenta que suele acercarse a otros migrantes para saber en qué situación están. “Cuando voy al hospital siempre les pregunto de qué hora a qué hora trabajan y cuánto están ganando. Muchos siguen trabajando más de ocho horas, por prenda. Trabajan 17, 18 horas, para ganar 1.500 pesos por mes. Yo les explico que no tienen que trabajar así, que hay que empezar a organizarnos. En la cooperativa somos doce, trabajamos 6 horas y ganamos el triple, trabajando la tercera parte.”


Por Tomás Eliaschev-Revista Veintitres-Diciembre de 2010
Fotografía: Ezequiel Ferreira

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